LA MUJER, EL ALMA DE LA PANADERÍA

Mar 4, 2021 | Sin categorizar

Cada vez son más las mujeres que dan un paso al frente para sacar adelante sus negocios. Y da igual el sector o la longevidad de la empresa. Lo que tratan es de aportar su talento y su manera de hacer las cosas en espacios que, en muchos casos, han sido dominados por hombres.

Como ocurre con la panadería y la pastelería. Hasta hace poco era un sector muy masculinizado, donde los oficios estaban bien diferenciados. La parte pública, la atención al cliente, la venta de los productos, estaba destinada a las mujeres. Mientras que la parte privada, el obrador, la zona de creación y elaboración de esos productos, era territorio masculino.

Una división del trabajo que data de siglos, aunque no siempre ha existido. Por ejemplo, existen pruebas de que en el antiguo Egipcio mujeres y hombres trabajaban el pan de manera similar. En la tumba del Faraón Intef-inker de la dinastía XII en Tebas se encontró una figura en la que dos hombres están rompiendo los granos de trigo con pilones en un mortero y dos mujeres están tamizando el producto obtenido con un molinillo con forma de silla de montar.

Más tarde, los griegos preparaban un pan con cebada llamado maza. El procesado de los cereales hasta convertirlos en harina era una labor manual, generalmente realizada por esclavos o mujeres, en una especie de piedras redondas denominadas muelas. Aunque fundamental, era ya un papel secundario que se agravaría con el tiempo. Primero los griegos y luego los romanos profesionalizaron el oficio de panadero. En el año 100 se crea en Roma el Colegio Oficial de Panaderos de carácter privilegiado y se reglamentaba estrictamente la profesión: era heredada obligatoriamente de padres a hijos. Hijos, en masculino, porque la mujer no era considerada ciudadana y su papel estaba limitado al hogar.

Desde entonces, su papel en la panadería pasó a un segundo plano. A pesar de los conocimientos, fueron quedando relegadas a un segundo plano y desempeñaron funciones secundarias. Pero no por ello menos importantes. Por ejemplo, en la España mozárabe, las mujeres amasaba el pan en sus casas, le ponía una marca que lo distinguiera y lo llevaba a cocer a los hornos públicos, donde el panadero cobraba una tasa por ello. En esa época apareció en la Toscana (Italia) una profesión relacionada con la panadería y que era exclusiva de las mujeres: las ‘paniquocole’. Estas mujeres compraban al por mayor una cantidad de harina, que se entregaba al panadero para su panificación, a cambio de una cantidad de dinero, para proceder después a la venta ambulante. Las ‘paniquocole’ estaban obligadas a respetar ciertas normas, como no llevar consigo niños pequeños, para no ensuciar el pan.

Y aunque a partir del siglo XV se prohibió la incorporación de mujeres a los gremios y cofradías, sin ellas no podría escribirse la historia de la panadería y pastelería. La mujer ha sido siempre alma de la panadería. Alguien tenía que atender a los clientes, mientras el panadero trabajaba y enseñaba a sus aprendices. Alguien tenía que cuidar de la casa, de los niños, de que todo estuviera en orden, mientras el panadero hacía sus largas e intempestivas jornadas. Alguien tenía que ‘guardar el fuerte’, mientras el panadero iba a las reuniones del gremio. O encargarse de la gestión del patrimonio. Y ese alguien siempre solía ser una mujer: la madre, la mujer o la hermana.

Pero poco a poco algunas se atrevieron a dar el paso y meterse dentro del obrador. Quizá todo empezó como una curiosidad infantil, de saber cómo era el oficio de su padre. O quizá por la necesidad de que alguien de la familia echara una mano en el trabajo diario. O simplemente por inquietud. Lo cierto es que una vez pusieron un pie dentro del obrador ya fue imposible sacarlas de ahí. Sus aportaciones y su trabajo las hacían imprescindibles.

Y en Valencia podemos presumir de contar con grandes ejemplos de como la mujer está haciendo un gran trabajo por sacar adelante sus negocios. Con inquietud, innovando, apostando por la calidad y sin perder de vista la tradición. Muchas de ellas se encuentran en hornos familiares de gran tradición y antigüedad, que son un referente en la actualidad por la calidad del producto, la variedad de la oferta y también por su cuidada presentación.

Poco a poco comienza a valorarse el esfuerzo que realiza y que ha realizado la mujer en el sector. Y ya no solo en la realización del oficio sino en superar las barreras y desigualdades que han imperado durante tantos años. Y también en su papel para recuperar esa forma tradicional y artesana de hacer el pan y para satisfacer las nuevas demandas de los consumidores.

 

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